Este era un alacrán que quería cruzar el Río. Al no saber nadar pidió que su amigo el sapo lo traslade sobre su espalda. Conocida era la fama del alacrán por no poder controlar su cola llena de veneno que nadie se le acercaba. Confiando el sapo que su amigo no lo traicionaría, accedió. El viaje paració eterno para el sapo, pues podía oler la lucha en la que se encontraba el alacrán para no picarlo. Hasta que pasó lo que se temía, el alacrán alargó su cola y depositó todo su veneno sobre la nuca del anfibio quien comenzó a perder la fuerza y a hundirse. Con tristeza y ya sin fuerza el sapo le preguntó al alacrán culpable: ¿Por qué, por qué lo hiciste? y la respuesta no tardó pues mientras ambos se hundían esperando la muerte, el amigo traicionero dijo: "yo no quería hacerlo, lo siento tanto, pero así es mi naturaleza".
Sabes, en el fondo de nuestro interior nuestro deseo es no caer, no errar, no pecar; pero como dijo Jesús "... la carne es débil". A menos que Dios obre un milagro, cuán difícil será la victoria para un seguidor. "Separados de Mí, nada podéis hacer..."
lunes, 7 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario